1"¡Oh, si hubieras abierto los cielos y descendido! Las montañas hubieran temblado a Tu presencia,

2como cuando el fuego enciende la maleza, o el fuego hace que el agua hierva. ¡Oh, que Tu nombre sea conocido por Tus adversarios, que las naciones tiemblen a Tu presencia!

3Previamente, cuanto Tú hiciste cosas maravillosas que nosotros no habíamos esperado, Tú descendías, y las montañas temblaban a Tu presencia.

4Desde tiempos antiguos nadie ha oído o percibido, ni ojo ha visto a ningún Dios aparte de Tí, Quien hace cosas por aquel quien espera por Él.

5Tú vienes a ayudar a aquellos quienes se regocijan en hacer lo que es correcto, aquellos quienes recuerdan Tus caminos y los obedecen. Tú te enojaste cuando nosotros pecamos. En Tus caminos nosotros siempre seremos rescatados.

6Pues, todos nosotros hemos llegado a ser como alguien que es inmundo, y todas nuestras obras justas son como un paño menstrual. Todos nosotros nos hemos marchitado como hojas; nuestras iniquidades, como el viento, nos llevan lejos.

7No hay nadie quien invoque Tu nombre, quien haga un esfuerzo para asirse de Tí. Pues Tú has escondido Tu cara de nosotros y nos has hecho consumir en la mano de nuestras iniquidades.

8Sin embargo, SEÑOR, Tú eres nuestro padre; nosotros somos el barro. Tú eres nuestro alfarero; y todos nosotros somos la obra de Tus manos.

9No estés tan enojado, SEÑOR, ni nos recuerdes siempre nuestros pecados. Por favor, míranos a todos, Tú pueblo.

10Tus ciudades santas se han convertido un desierto; Sion se ha convertido un desierto, Jerusalén una desolación.

11Nuestro santo y hermoso templo, donde nuestros padres Te alababan, ha sido destruido por el fuego, y todo lo que era tan querido para nosotros está en ruinas.

12¿Cómo puedes Tú aún contenerte, SEÑOR? ¿Cómo puedes Tú permanecer en silencio y continuar humillándonos?"

© 2026 Lector Bíblico. Todos los derechos reservados.
📱 App Android